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© 2026 LOS VIAJES DE OSCAR

EL MUNDO NO ES UN PAÑUELO

Blog de Viajes con experiencias por 5 continentes, fotografía y video

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23 octubre 2026

NO LUCHO. CONVIVO. Una conversación sobre el cáncer, el tiempo, relaciones, viajes y las ganas de seguir viviendo

NUNCA ME HAN ENTREVISTADO. Tampoco ha habido motivos. Aunque en 2025 me propusieron una entrevista sobre mis viajes que tuve que rechazar: llegó justo cuando mi enfermedad atravesaba uno de sus peores momentos.

Además, siempre me ha dado cierto pudor hablar de mí. Ya me ocurrió cuando lancé mi Blog en octubre de 2015. Entonces fueron muchos los amigos que me animaron a dar el paso. No me arrepiento.

Desde que en enero de 2025 me diagnosticaron un cáncer de páncreas avanzado, mi vida ha cambiado mucho. Aunque no todo. Siempre he sido muy disfrutón y hay cosas que, afortunadamente, siguen intactas. Llevaba tiempo pensando en dar un paso más. Contar cómo me encuentro de verdad, cómo es vivir con un cáncer y a qué me agarro para seguir disfrutando de la vida, con todas mis limitaciones, incertidumbres y contradicciones.

En Instagram y Facebook he ido compartiendo algunas reflexiones, miedos y alegrías tratando siempre de proteger mi salud mental, intercalados con posts de viajes que he conseguido encajar entre tratamientos de quimio.

Pero sentía tener muchas cosas acumuladas y dispersas en mi cabeza. Y se me ocurrió hacerme una autoentrevista.

No ha sido nada fácil ordenar tantos pensamientos y emociones. Quería hablar con franqueza, sin recrearme en detalles médicos, sin dramatismos innecesarios y sin caer en esos discursos aleccionadores de algunos enfermos de cáncer que proliferan en redes sociales y con los que, aun respetando su desgracia y experiencias, no me identifico con su discurso.

No pretendo dar lecciones a nadie. Cada enfermo oncológico tiene su historia, sus miedos y su manera de afrontar lo que le ha tocado.

Yo solo he querido contar la mía con realismo. Con sus luces y sus sombras.

El 13 de enero de 2025, abrí un informe radiológico caminando solo por Bilbao. Mi horizonte cambió de golpe. Desde entonces he pasado por quimioterapia, radioterapia, una cirugía muy excepcional, pausas esperanzadoras y varias recaídas. La última, grave. Sigo viajando cuando la salud me lo permite. Y prefiero hablar de convivencia con la enfermedad antes que de batalla. 

Esta es mi historia, contada sin épica y sin esconder contradicciones.

Hoy es 23 de Octubre de 2026.

Adelante!


EL DÍA EN QUE TODO CAMBIÓ


¿Dónde empieza esta historia?

Mucho antes del diagnóstico. Desde enero de 2024 tenía molestias abdominales intermitentes y algunos episodios aislados de fiebre. Nada que me hiciera pensar en lo que venía. En noviembre empecé a hacerme pruebas. Ecografía, colonoscopia, gastroscopia… sin respuestas claras. Hasta que llegó el TAC. Me acostumbré a que aquellas molestias fueran y vinieran. Lo inquietante es que las primeras exploraciones no parecían explicar nada. En aquel momento seguía con mi vida, sin sospechar la dimensión del problema.

Y te enteraste de la peor manera.

El 13 de enero de 2025. Volví de La Gomera y fui a recoger el informe radiológico. Lo abrí en plena calle, solo. Leí «carcinoma de cola pancreática» y una serie de términos que describían una enfermedad ya extendida. Nadie me acompañaba ni había un médico para explicármelo. En unos segundos, una calle cualquiera de Bilbao se convirtió en el escenario de la noticia que menos esperaba. Después puse una queja al laboratorio: creo que ante determinados diagnósticos, los protocolos de entrega de resultados deberían ser distintos. Nadie tendría que enterarse de algo así de esa manera.

¿Qué pensaste?

Que mi vida se acababa. Así de sencillo. El miedo a la muerte dejó de ser una abstracción. Nunca había experimentado una sensación parecida de fragilidad, de pérdida brusca del control. Hasta entonces la muerte existía, claro, pero en un lugar lejano de mi cabeza. Aquel papel la colocó delante de mí, sin previo aviso. No se trataba de pensar en un futuro incierto: era sentir que ese futuro podía haberse encogido de golpe.

¿Te derrumbaste?

Entré en shock. Después vinieron la incredulidad, la rabia, la tristeza. Y he llorado mucho, especialmente hasta la operación. No tenía ningún motivo para fingir fortaleza: veía el panorama tan negro como los médicos. No intenté prohibirme esas emociones. El miedo y las lágrimas no te convierten en alguien débil; bastante tienes con asumir lo que sucede como para interpretar, además, el papel del enfermo perfecto.

¿Cuánto tardaste en entender la gravedad?

Muy poco. Las pruebas posteriores confirmaron la extensión del tumor y la afectación ganglionar. Era un cáncer de páncreas en estadio IV. No era operable en aquel momento. Mi primer horizonte fue la quimioterapia y un pronóstico muy complicado. No había un itinerario de soluciones maravillosas esperándome. Entender eso fue durísimo, pero también me ayudó a escuchar con atención a quienes iban a tratarme. Necesitaba realismo, incluso cuando éste era bastante negro.

¿Buscaste otras opiniones médicas?

Sí. Contrasté la estrategia terapéutica propuesta en Osakidetza también con la Clínica Universidad de Navarra. Son punteros. Me dijeron que el planteamiento de mi oncólogo era el correcto. Y por sorpresa me devolvieron el dinero avanzado para obtener una segunda opinión. Necesitaba estar bien informado, no coleccionar promesas. Por cierto, estoy de nuevo en contacto con ellos.

¿Y con quién hablabas de lo que sentías?

Con mi pareja y mi entorno más próximo. Me he sentido y me siento muy respaldado. No necesité entonces acompañamiento psicológico especializado, aunque eso no significa que lo desprecie. Cada paciente necesita cosas diferentes y puede necesitarlas en momentos distintos. Lo digo también porque no quiero convertir mi forma de llevar la enfermedad en un modelo. He tenido recursos personales y afectivos que me han ayudado mucho. Otra persona puede necesitar ayuda profesional desde el primer día y me parece igualmente razonable.

Antes de conocer tu enfermedad, ¿ya tenías esa manera de encajar los golpes?

Siempre me interesó la inteligencia emocional y hace años hice varios cursos sobre ella. Me ayudaron a entenderme mejor, relativizar y procurar empatizar sin juzgar a la ligera. No me prepararon para tener cáncer, naturalmente. Pero hoy recurro a recursos que ya había trabajado antes. No me hacen invulnerable; sí me ayudan a no dejarme arrastrar por cada golpe.


QUIMIOTERAPIA, UNA OPORTUNIDAD


¿Cómo fue entrar por primera vez en una sala de quimio?

Un choque con una realidad que hasta entonces me era ajena. Allí coinciden decenas de personas con enfermedades, edades y circunstancias distintas. Se respira una mezcla de tristeza, respeto y complicidad silenciosa. No ves solo enfermos: ves muchas vidas en pausa durante unas horas. Algunos llegan acompañados, otros no; hay jóvenes y mayores. Se respira un respeto extraño, sin demasiadas palabras, porque todos sabemos por qué estamos allí.

¿Lo peor era el tratamiento?

Lo más duro no se puede separar tan fácilmente. Está la toxicidad física, claro, pero también vivir pendiente de analíticas, ciclos de quimio y TACs. Tres semanas de tratamiento y una de descanso. Y vuelta a empezar. Hay una rutina casi administrativa que acaba dominándolo todo: analítica, tratamiento, descanso, otra analítica. Y mientras intentas seguir siendo tú mismo entre una cita y otra. Parece una paradoja, pero puedes habituarte a la quimio sin que la quimio deje de ser dura.

¿Te cambió el cuerpo?

Sí. La neuropatía en pies, el cansancio y otros efectos acumulados van dejando señales. Algunas se ven, al mirarte en el espejo sin cejas ni pestañas o con una visible delgadez. O con una aparatosa hernia abdominal. Otras no las percibe nadie. Mi cabeza conserva muchas ganas; mi cuerpo a veces circula a otra velocidad. Es una convivencia incómoda con un deterioro que no siempre se puede o se debe explicar a quien te ve haciendo vida normal. Puedes estar disfrutando de una comida o una conversación y, al mismo tiempo, llevar encima secuelas que no son visibles, que no aparecen en ninguna fotografía.

Pero las primeras sesiones de quimio funcionaron.

El tumor respondió y se redujo. Aquello abrió una puerta que inicialmente estaba cerrada. Por ello, en el Hospital de Basurto decidieron operarme en junio de 2025, fuera del abordaje habitual para un caso como el mío. Se trataba, además, de un tumor pancreático con diferenciación escamosa, muy poco frecuente. Me cuesta exagerar la importancia de aquella decisión. No suponía prometer una curación, pero sí una oportunidad extraordinaria donde poco antes no parecía haberla. Tengo mucho que agradecer al equipo que la hizo posible.

¿Recuerdas el momento en que te dijeron que podían operar?

Lo recuerdo perfectamente por lo que significaba. 14 de mayo de 2025. Había pasado 4 meses viendo un futuro muy sombrío. Lloré mucho durante aquel periodo; llegué a pensar, con bastante claridad, que la enfermedad iba a terminar conmigo en poco tiempo. Y de repente existía una posibilidad real. Me permití ilusionarme, sabiendo que había riesgos y ninguna garantía. Fue un vuelco enorme. Aquella decisión médica, y la operación que vino un mes después, me salvaron la vida en aquel momento.

¿Fue una decisión fácil?

Desde luego que no era una intervención menor. Todo lo contrario, era de gran riesgo porque no sabían bien qué se iban a encontrar. Casi 5 horas de quirófano. Me extirparon la cola del páncreas, el bazo, tejido afectado y varios ganglios. Me puse en manos de los profesionales y asumí el riesgo. A veces la medicina solo puede abrirte una posibilidad, no darte certezas.

Y llegó septiembre de 2025.

El TAC no mostraba enfermedad visible. Tras tantos meses de pruebas, quimio y cirugía, por primera vez pude respirar de otra manera. Me dijeron que pasábamos a vigilancia. Sentí que empezaba otra etapa.

¿Te creíste curado?

No, eso nunca. Quise disfrutar de la noticia, pero en el fondo sabía de sobra que no era una garantía de curación definitiva. Solo había ganado tiempo y, en aquel momento, un presente formidable. Eso para mí ya era muchísimo. 

Había pasado muchos meses imaginando escenarios muy difíciles. Poder pasar de nuevo a pensar en planes y royectos, y no solo en tratamientos de quimio, me pareció un regalo enorme. Fue uno de esos días que se quedan grabados.



RECUPERAR EL MUNDO


Y tu reacción fue preparar la maleta

Por supuesto. Viajar nunca ha sido para mí una recompensa ocasional: es una forma de vida que llevo cultivando desde hace casi cuarenta años. Pero durante meses pensé que no podría volver a hacerlo. También había otro motivo para valorar tanto ese regreso: en abril de 2020, con 55 años, acepté una oferta de prejubilación en pleno confinamiento, mientras teletrabajaba. Fue un final extraño para más de treinta años de vida laboral. Sin saberlo aún, acerté al recuperar tiempo para mí cinco años antes de recibir el diagnóstico.

¿Qué tiene un viaje que no encuentras en casa?

El contacto con otras realidades. Curiosidad, libertad, aprendizaje. Más que tachar países o perseguir fotografías, me interesan las personas, la historia, las culturas, la naturaleza y los lugares que conservan una cierta autenticidad. He viajado mucho por libre, tratando de adaptarme al ritmo de cada destino, sin confundir independencia con temeridad. Y disfruto de todas las fases: elegir, leer, preparar, improvisar y recordar. Para mí, el viaje empieza bastante antes de salir de casa.

También viajo lo que puedo por España y sus islas. Tengo la fortuna de vivir en el mejor destino mundial, al que se le pueden sacar chispas fuera de rutas trilladas.

¿Por qué volver precisamente a Yemen?

Conocí la isla yemení de Socotra en 2021 y tenía pendiente el Yemen continental. Su patrimonio, su arquitectura, sus tradiciones y la complejidad del país me atraían muchísimo. No era un viaje convencional, ni pretendía serlo. Me apasionan Oriente Medio y África, pero no soy un coleccionista de destinos. A veces busco naturaleza o aventura; otras, una ciudad complicada, una conversación o simplemente el placer de perderme. Pero también sé disfrutar de un lugar cercano y tranquilo.

¿No era una imprudencia después de todo lo vivido?

Físicamente me encontraba bien. Conocía los riesgos y no los trivialicé. Viajé con un equipo local y unas medidas de seguridad muy importantes. Algunos acontecimientos graves se produjeron pocos días después de salir de Yemen por Omán. Precisamente por eso distingo entre asumir un riesgo estudiado y lanzarse a lo desconocido por temeridad. Era un deseo pendiente, no una ocurrencia provocada por el diagnóstico. El Yemen que quería conocer conserva una identidad cultural potentísima y una historia que merece mirarse más allá de sus conflictos. Me interesaba entrar en contacto con esa realidad.

¿Qué te trajiste de allí?

Fue un viaje extraordinario. Un encuentro con una sociedad golpeada por la guerra, orgullosa de sus tradiciones y capaz de ofrecer una hospitalidad admirable. También pude repartir más de diez kilos de ayuda médica y escolar; la dimensión solidaria de los viajes siempre es muy importante para mí. Fue una experiencia corta pero intensa, preparada con guías profesionales locales y medidas de seguridad superiores a las que viví en Iraq o Siria. Viajar por libre exige informarse, respetar los límites y no confundir aventura con inconsciencia.

Antes pasaste cuatro días en El Cairo. Solo.

Sí. Una ciudad agotadora, fascinante y contradictoria. Entre sus calles caóticas, sus mezquitas y las necrópolis, pensé también en el paso del tiempo y en la muerte. Entré a muchas pirámides fuera de rutas turísticas. No fue ninguna revelación mística: era mirar con mis ojos de siempre, pero con una preocupación que antes no llevaba conmigo. El Cairo me recordó por qué me gusta viajar sin esperar que todo resulte cómodo ni que cada lugar confirme mis prejuicios.

¿Y al regresar?

El control del Tac de diciembre mostró que la enfermedad había reaparecido en varios ganglios. Otra vez el frenazo. Haber viajado unas semanas antes me reafirmó en que había hecho bien aprovechando aquella ventana. No era una huida ni un desafío al cáncer: era continuar mi vida mientras podía.



CONVIVIR NO ES RENDIRSE


Sueles hablar siempre de convivencia, nunca de batalla. ¿Por qué?

Porque no siento que esté librando una guerra que pueda ganar simplemente por ponerle más ganas. El tumor no responde a mi carácter. Yo puedo cuidarme, seguir los tratamientos, decidir con información y procurar vivir bien. Pero no quiero que el cáncer se convierta en un examen de valentía ni que mi autoestima dependa del resultado de un TAC. Tampoco quiero dar pena a nadie. Estoy enfermo, sí, y mi situación es muy grave, pero sigo siendo mucho más que un diagnóstico.

¿Viajabas para olvidarte del cáncer?

No. Sería una interpretación bastante pobre de lo que viajar significa para mí. No me voy lejos para fingir que no estoy enfermo: voy porque me sigue apeteciendo conocer mundo. El cáncer viene conmigo, naturalmente, aunque durante un tiempo consiga dejar de ocupar el primer plano. Esa diferencia importa.

Hay quien necesita decir «voy a vencerlo».

Y lo respeto. Cada enfermo de cáncer tiene derecho a expresarse como quiera. A mí ese lenguaje no me representa. Además, puede resultar injusto para quien empeora pese a haber hecho todo lo posible. Tampoco quiero que la palabra «batalla» termine sugiriendo que alguien pierde porque no ha peleado suficiente. Hay tumores que responden y otros que no, incluso con pacientes igualmente implicados..

¿Qué te molesta del optimismo obligatorio?

La idea de que estar triste es hacerlo mal. O que un paciente debe mostrarse siempre animado para tranquilizar a los demás. Puedo sentir miedo y seguir siendo una persona positiva. Una cosa no excluye la otra.

¿El optimismo ayuda?

A mí sí. No cura el cáncer pero puede hacer más habitable el día a día. Intento mirar la botella medio llena sin mentirme sobre su contenido. El sufrimiento no es un defecto de actitud. Hay días en los que uno está cansado de hospitales o sencillamente asustado. No necesito que nadie convierta esa confesión en una oportunidad para sermonearme sobre lo afortunado que soy.

¿Te suelen decir eso de que nadie sabe cuánto tiempo le queda?

Sí, y me chirría mucho. Evidentemente nadie conoce su fecha de caducidad. Pero no es comparable vivir con una incertidumbre vital genérica a saber que tienes una enfermedad grave, con controles que pueden cambiarte la vida cada pocos meses.

¿Vives entonces al día?

Lo he hecho siempre. Ahora igual que antes. Nunca fui de aplazar planes. Lo saben muy bien quienes me conocen. Toda mi vida procuré aprovechar el tiempo y mis posibilidades. Ahora las luces largas fallan. Me muevo entre un retrovisor lleno de buenas experiencias y unas luces cortas que me obligan a hacer planes con cautela. Tampoco he dejado de disfrutar de lo cercano: desde 2008 tengo un piso en el Oriente asturiano y voy muy a menudo. Allí soy muy feliz. Asturias es mi gran válvula de escape, sin necesidad de coger un vuelo.

Con lo que tú has sido, ¿no te frustra un poco tener que vivir ya siempre con luces cortas?

A veces. Antes podía pensar en un par de viajes a un año vista y disfrutar preparándolo. Ahora el siguiente TAC puede cambiar cualquier plan. Vivir el presente, que para mi gusto tanto se predica, deja de ser una bonita elección y pasa a ser casi una obligación. Siempre fui de disfrutar y no de guardar la vida para después. Por eso me incomodan esos mensajes que, tras un diagnóstico de cáncer, parecen querer enseñar a todos cómo debieron vivir. Nadie puede prepararse de antemano para una noticia así.

¿Te consideras feliz?

En muchos momentos, sí. Sin duda. Que haya sufrimiento no significa que toda tu vida sea sufrimiento. Sigo encontrando placeres, afectos y motivos para disfrutar. Sería falso decir que estoy bien siempre. También lo sería negar todo lo bueno que sigue habiendo. A veces pesa precisamente porque no puedes elegir olvidarte. La fecha de una revisión entra en tu calendario y modifica incluso los planes más inocentes. Intento que esa incertidumbre ocupe un lugar, pero no toda la casa.


LOS OTROS TAMBIÉN CAMBIAN


El cáncer no llegó solo: también alteró tus amistades.

Eso me sorprendió. Algunas relaciones se enfriaron, otras se hicieron más profundas y hubo muestras de cariño inesperadas que me emocionaron mucho. Es verdad que hay desinformación sobre el cáncer y también cierto desinterés, que hasta puedo entender: cada cual tiene sus problemas, muchos han pasado duelos o acompañan a familiares enfermos. Por eso procuro mantener un perfil bajo, fuera de foco. No quiero que una sola palabra —cáncer— se adueñe de mi identidad ni de todas mis conversaciones.

¿Qué te duele más: una frase desacertada o un silencio?

Depende. Hay silencios especialmente estruendosos. No todos proceden del desinterés: a veces hay miedo, desconocimiento o incapacidad para encontrar las palabras. Lo comprendo, pero no puedo suministrar herramientas emocionales a quien no las ha desarrollado, ni cargar con la obligación de explicar a todos cómo acompañarme. También sé que, en otras circunstancias, yo mismo puedo haber sido torpe ante el dolor ajeno. Entenderlo no obliga a disculpar cualquier ausencia.

¿Y qué frases prefieres no escuchar?

El manido «todo va a salir bien». O que me pidan mirar lo afortunado que soy cuando expreso cansancio o tristeza vs. otros casos de cáncer. No busco que me corrijan el estado de ánimo: solo que escuchen lo que estoy contando. El silencio repetido puede llegar a ser más desconcertante que una frase torpe. Entenderlo no significa que los silencios dejen de doler. En fin, lo cierto es que tampoco le doy demasiada importancia y estoy muy lejos de señalar a nadie. Todo es normal, dentro de la anomalía. 

¿Qué debería hacer un amigo?

No hay un manual. Preguntar con naturalidad, escuchar y no imponer optimismo ya es mucho. Incluso reconocer «no sé qué decirte» puede ser una buena forma de estar cerca. A veces no busco que nadie mejore mi estado de ánimo: solo que no me lo discutan. Es una cuestión de sensibilidad, no de encontrar la frase perfecta. Y reconozco que no todo el mundo tiene esa facilidad. Es normal.


Pero tú también has puesto distancia...

Sí, claro. Voluntariamente. Y aunque debo de pedir disculpas por ello, tengo la conciencia muy tranquila. Ha sido 100% terapeútico. Se me debe respetar el no haber ofrecido el mismo grado de intimidad y acercamiento a todo el mundo: ya al de poco de conocer mi enfermedad y ver algunas reacciones ajenas, y propias al verlas o escucharlas, decidí protegerme ante comentarios desafortunados o desencaminados y de situaciones incómodas con gente que no está preparada para acompañar como uno querría. Soy exigente pero muy comprensivo. Prefiero cierta discreción, un perfil bajo y unas relaciones que me permitan mantener mi autoestima en un nivel razonable. No busco dar lástima ni protagonismo. Sé, además, que muchas personas de mi entorno ya tienen suficientes preocupaciones propias. No puedo pretender convertir mi enfermedad en parte de la angustia de nadie.

¿No es contradictorio pedir cercanía y retirarte?

Desde fuera puede parecerlo. Pero necesito decidir cuándo compartir y con quién. Querer que los demás "sepan estar" no me obliga a estar siempre disponible. En una situación así, administrar la propia energía emocional importa mucho. Hay vínculos que ahora prefiero mantener a otra distancia. No necesito explicarlo todo ni justificar cada elección. Estoy intentando reservar mis fuerzas para quienes, y para lo que, me hace bien. A veces echo de menos cierta empatía.

También hablas mucho de gratitud.

Tengo razones. Un entorno afectivo sólido, experiencias extraordinarias y la posibilidad de afrontar esto con cierta estabilidad. Soy muy consciente de mis privilegios. Eso no rebaja la gravedad de mi enfermedad, pero sí me da puntos de apoyo para sobrellevarla. Y agradezco especialmente esos gestos pequeños e inesperados que, sin saber muy bien por qué, me emocionan tanto.


UN PARÉNTESIS QUE NUNCA ES UN PUNTO FINAL


En enero de 2026 regresaste a la quimio.

Sí, tras la recaída detectada en diciembre. Volví a las sesiones, las analíticas y los controles. La vida seguía, pero bajo una agenda que ya no manejaba del todo. En situaciones así agradezco especialmente haber podido disfrutar de una prejubilación que no podía imaginar tan oportuna cuando la acepté en 2020. No fue una decisión pensando en el cáncer; precisamente por eso la valoro ahora tanto.

¿Cómo se vive de TAC en TAC?

Con una mezcla de costumbre y tensión. Son pruebas que pueden devolverte tranquilidad o cambiarte el rumbo en minutos. Aprendes los términos médicos, entiendes lo que está en juego y aun así no dejas de sentir esa presión. La IA me ayuda mucho a desentrañar tanto mis informes como estudios internacionales sobre casos como el mío. Pero me cuido de no aceptar ni su empatía ni su apoyo psicológico. Sé lo que me hago.

¿Quieres saberlo todo?

Totalmente. Y sé que muchos dien que ellos no... pero es porque no les ha pasado. Vivir con cáncer a ciegas?. Yo quiero información fiable y tener expectativas claras. Me interesa entender mis opciones, no pasarme el día buscando noticias milagrosas. Pregunto a mi oncólogo y así puedo distinguir, en lo posible, entre avances reales, hipótesis y titulares exagerados. Tengo amigos que me mandan enseguida todo lo que se publica sobre el cáncer de páncreas. Es bienintencionado. Sin más.

He aprendido a diferenciar una imagen tranquilizadora de un desenlace definitivo. Cada control puede inaugurar una pausa o devolverme al tratamiento. Es una forma muy peculiar de organizar la vida, como si el calendario tuviera una puerta giratoria.

¿Qué valoras de los profesionales sanitarios?

Suena siempre a tópico pero es cierto: la humanidad y la profesionalidad de quienes me atienden en el Hospital de Basurto en Bilbao son admirables. La sanidad pública es uno de los grandes pilares del Estado del bienestar. Cuando dependes tanto de ella, comprendes mejor su verdadero valor. También necesito que mi oncólogo me hable con realismo: información rigurosa, expectativas claras y ningún exceso de optimismo. Se lo exijo.

En primavera 2026 volvieron las buenas noticias.

Después de 33 sesiones de quimio, en mayo de 2026 las imágenes volvieron a mostrar ausencia de enfermedad visible. No era una curación, pero sí otra tregua. Pude descansar del tratamiento y recuperar margen para hacer planes. Cada pausa supone una alegría enorme; también exige no confundir el resultado de una prueba con lo que quizá siga ocurriendo a escala microscópica. Me quedé con lo bueno, sin inventarme certezas.

¿Y lo aprovechaste?

Claro. Primero Formentera; después, en agosto, Georgia y Armenia con mi hija. Viajes muy distintos, y ambos muy disfrutados. El segundo fue un intenso recorrido por carretera, de esos que tanto nos gustan. Su relato es ahora uno de mis próximos retos: tengo pendiente terminar de escribirlo para el Blog. Me gusta prolongar los viajes contándolos, ordenando fotos y recuerdos. Es otra forma de seguir viajando desde casa.

¿Ha cambiado tu manera de viajar?

No. Solo mi capacidad para comprometerme con mucha antelación. Mis gustos no han cambiado: autonomía, cultura, fotografía, naturaleza, gastronomía y vino, siempre que puedo lejos de la masificación. No me interesa presumir de destinos difíciles. Me importa lo que aprendo y cómo me hace mirar después el mundo. Viajar tampoco es siempre ir lejos: el Oriente asturiano, donde paso mucho tiempo, sigue haciéndome extraordinariamente feliz.

¿Se puede disfrutar sabiendo que hay otro TAC a la vuelta cada 3 meses?

Claro. La preocupación no desaparece, pero tampoco invalida lo vivido. He aprendido a no exigir que todo esté resuelto para permitirme un buen día o un buen viaje. Me siguen gustando los destinos heterogéneos. Lo que ha cambiado es la logística: tengo que decidir más cerca de la fecha, o renunciar. Es algo frustrante, pero intento que el límite no se convierta en una prohibición. Y si físicamente puedo, sin problema.

También tengo otros hobbies, como la música y... la política vista desde fuera: leo y escucho mucho, tengo criterio propio y solo me entristece ver hoy que España se está partiendo en dos. 




SEPTIEMBRE DE 2026: OTRA VEZ LA REALIDAD


Y septiembre te golpeó de nuevo.

Con mucha dureza. En el TAC aparecieron nuevas lesiones ganglionares y metástasis óseas en varias zonas, incluida la columna. Una vértebra, la L1, está fracturada por la enfermedad. Hasta entonces hablaba de las metástasis como de uno de los escenarios que temía. De pronto ya eran una realidad, con dolor y consecuencias concretas. La tregua había terminado.

¿Qué vino después?

Fuerte dolor de espalda, síntomas de debilidad en una pierna (acetábulo), ingreso en Urgencias, pruebas, resonancias y posteriores cinco sesiones de radioterapia. También he retomado la quimioterapia. De nuevo, todo giró con mucha rapidez. Hasta entonces las metástasis óseas eran uno de los escenarios que temía encontrarme en un control. Pasaron a ser algo concreto, con dolor y consecuencias inmediatas. Había que actuar deprisa, y eso hicimos.

¿Fue distinto al golpe de enero de 2025?

Sí. Ya conocía el terreno, los tratamientos y el significado de ciertos hallazgos. Eso te ahorra parte del desconcierto, no del sufrimiento. Ahora sé aún mejor lo que puede estar en juego. Volví a sentir cómo una vida relativamente organizada se convierte en citas, ingresos y decisiones urgentes. Y, en medio, quiero sostener la cabeza con la mayor serenidad posible. No siempre lo consigues igual de bien.

¿Qué buscas en este momento?

Lo mismo que persigue mi oncólogo: intentar mantener controlada la enfermedad con la mejor calidad de vida posible. Y anticiparme. He llevado tejido biológico de mi tumor extirpado, a la Clínica Universidad de Navarra para un estudio molecular que quizá identifique opciones terapéuticas o ensayos clínicos adecuados. No busco soluciones milagrosas. Busco información útil para decidir con tiempo, si se presenta alguna oportunidad o si algo se tuerce.

¿Tienes esperanzas en ese estudio?

Interés y esperanza, sí; certezas, ninguna. Puede aportar información útil o no traducirse en una alternativa aplicable. Prefiero investigar las opciones con tiempo, sin venderme una solución antes de que exista. La idea es buscar posibles dianas moleculares y saber si hay alguna terapia o ensayo que encaje con mi caso. No hay ninguna promesa detrás de ese gesto. Hay una voluntad muy simple de no llegar tarde a una oportunidad, si aparece.

¿Te da miedo el futuro?

Claro. No sería sincero decir lo contrario. Pero procuro que ese miedo no monopolice el presente. Tengo claro que no todo está en mis manos. Lo que sí puedo decidir es cómo emplear el tiempo y la energía que conserve.


EL TIEMPO QUE TODAVÍA ES MÍO


¿Piensas mucho en la muerte?

Menos obsesivamente que al principio, aunque la posibilidad de una muerte prematura sigue presente. Ahora pienso mucho en el tiempo. El pasado lo veo con nitidez; el futuro, bastante borroso. Intento ocupar la cabeza en la vida diaria, no solo en las pruebas médicas. Sé que habrá decisiones difíciles, pero hoy prefiero concentrarme en lo que todavía puedo hacer.

¿No hay nostalgia al mirar atrás?

Más bien gratitud. He tenido casi cuarenta años de viajes, una trayectoria laboral satisfactoria y muchas experiencias vitales que me han enriquecido. También he pasado momentos durísimos, como la pérdida de mi hermana en 2022. Y, aun así, cuando miro atrás, me gusta bastante la vida que he vivido. A los 55 años cerré mi etapa laboral de una forma rara, en plena pandemia. No sabía lo que vendría después. Haber recuperado entonces mi tiempo fue una de aquellas decisiones cuyo valor solo he comprendido del todo más tarde.

¿Te arrepientes de no haber hecho algo?

No vivo instalado en eso. Nunca quise reservar todos mis planes para un mañana hipotético. Aproveché lo que pude, cuando pude. Siempre quedarán destinos y experiencias pendientes; eso no convierte en insuficiente lo ya vivido. Me acuerdo de lugares, conversaciones, caminos y momentos que quizá en su día parecieron corrientes. No necesito idealizar el pasado para agradecerlo. Y no quiero que la preocupación por lo que viene me lo robe también.

¿Te ha enseñado el cáncer a vivir de otra manera?

No, yo no utilizaría ese enfoque. El cáncer no me ha enseñado de repente a disfrutar de la vida: eso ya lo intentaba antes. La curiosidad, la libertad, la capacidad de adaptación y las ganas de conocer mundo formaban parte de mí. La enfermedad ha cambiado las reglas, ha puesto esas convicciones a prueba y solo me ha obligado a tener que aceptar algunos límites. 

¿Y el sentido del humor? Apenas hemos hablado de él.

No todo puede ser solemne. Sigo disfrutando del vino, de la gastronomía, de la música y de las pequeñas ironías cotidianas. No tengo por qué pasarme el día hablando como si estuviera escribiendo mi testamento. La gravedad de mi situación no me obliga a renunciar a ser el de siempre.

¿Por qué contar ahora tu historia?

Porque quizá alguien se reconozca en estos miedos, contradicciones y silencios. Y porque hablar de cáncer con franqueza, sin maquillaje ni espectáculo, puede ayudar a entender un poco mejor a quienes lo vivimos. He aceptado el reto de contar mi historia hasta hoy, con la información y las emociones que tengo ahora. No pretendo enseñar a nadie cómo debería vivir ni convertir mi experiencia en una receta.

¿Y qué esperas de quien la lea?

No hay nada pretencioso. Y que nadie busque una lección universal. Solo cuento mi experiencia, con mis circunstancias y mis privilegios. Si alguien se siente menos solo, si una amistad aprende a escuchar sin exigir optimismo o si se desmonta un tópico, me daré por satisfecho. También agradecería que quien lea esto entendiera que tener buen ánimo y seguir haciendo cosas no significa que todo sea fácil ni que uno haya dejado de tener miedo.

Y ahora sí, la última. Después de todo esto, ¿qué te gustaría que viniera?

Primero, que los tratamientos sigan ofreciéndome tiempo y calidad de vida. Después, todo lo demás: los míos, mis amigos, Asturias, la música, los viajes, una buena mesa, terminar el relato de Georgia y Armenia y poder seguir escribiendo en este Blog de Viajes. 

Seguro que habrá planes que tendré que cambiar, y quizá aparezcan otros que hoy ni imagino. No sé cómo será el próximo capítulo. Pero mentalmente estoy fuerte.

He contado mi historia hasta el 23 de Octubre de 2026; el futuro está por escribir. Y mientras haya una oportunidad y ganas de vivir, quiero seguir mirando hacia delante con esperanza pero siempre con los pies en el suelo.


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